Cuentos

 




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Según una leyenda, hace mucho tiempo, cuando no había ríos ni lagos en la Tierra sino solamente el mar del Este, donde habitaban cuatro dragones: el Gran Dragón, el Dragón Amarillo, el Dragón Negro y el Dragón Perlado.

Un día, los cuatro dragones volaron desde el mar hacia el cielo para jugar con las nubes. Saltaban de nube en nube y se escondían los unos de los otros. 



De pronto uno de los dragones dijo a los demás:  “¡Por favor venid rápido a ver esto!”. “¿Qué sucede?” preguntaron al unísono los otros tres dragones, y se acercaron para mirar lo que el Dragón Perlado señalaba.                                           

 Vieron que abajo, en la Tierra, había una multitud de personas ofrendando panes y frutas y quemando incienso. Entre el gentío se destacaba una anciana de cabellos blancos, estaba arrodillada en el suelo con un niño pequeño atado a su espalda. Ella rezaba: “Dios de los Cielos, por favor, envíanos pronto la lluvia para que tengamos arroz para nuestros niños”.


Desde hacía mucho tiempo no había llovido. Los cultivos se había ido secando, la hierba estaba amarilla y la tierra se había resquebrajando bajo el sol ardiente.

 “¡Cuán pobre es esta gente!”, dijo el Dragón Amarillo y luego, con gran pena agregó:  “morirán si no llueve pronto”. 
                                                                       
El Gran Dragón asintió. Entonces propuso:  “Vayamos a rogarle al Emperador de Jade para que haga llover”. Dicho esto desapareció entre las nubes dando un salto.



 Los demás dragones le siguieron y los cuatro juntos volaron hacia el Palacio del Cielo.


El Emperador de Jade era muy poderoso, a su cargo tenía tanto los asuntos del Cielo como los de la  la Tierra. Al emperador no le agradó ver llegar a los dragones repentinamente sin haberse anunciado. Y un tanto indignado les preguntó: “¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué no os comportáis como es debido y os quedáis en el mar?”.


Entonce el Gran Dragón se adelantó y le dijo: “Los cultivos de la tierra se secan y mueren, su majestad. Le ruego que envíe pronto la lluvia”.                                             


El emperador le contestó: “Está bien, primero volved al mar, ya mañana les enviaré la lluvia”. Los cuatro dragones le agradecieron y se fueron muy alegres. Pero pronto entristecieron al ver pasar diez días sin que una sola gota de agua cayera del cielo.


La gente sufría muchísimo, las personas habían comenzado a comer raíces, y luego, cuando ya no hubo más raíces, comenzaron a comer arcilla.                                                                        
Al ver esto esto, los dragones se pusieron muy tristes, confirmaron que el Emperador de Jade sólo se preocupaba por su propio placer y nunca se tomaba a la gente en serio. Sólo ellos cuatro podían ayudar a la gente, pero, ¿cómo hacerlo?.

Mirando hacia el vasto océano, el Gran Dragón dijo tener la solución. ¡Habla ya!” le dijeron los otros tres dragones,  “¿de qué se trata?. 

El Gran Dragón les dijo entonces:  “Mirad, en el mar donde vivimos abunda el agua. Podríamos llenar nuestras bocas con agua y arrojarla hacia el cielo, entonces caería como si fuera lluvia y así se salvarían la gente y sus cultivos”.  “¡Buena idea!”, le dijeron los demás aplaudiendo.

Después de unos instantes de silencio el Gran Dragón advirtió a los otros: “Si el emperador se entera nos castigará”. “Haría cualquier cosa con tal de ayudar a la gente” dijo el Dragón Amarillo. El Gran Dragón le respondió: “Entonces comencemos. De seguro no nos arrepentiremos”.

El Dragón Negro y el Perlado no se quedaron atrás y volaron hacia el mar para llenar sus bocas de agua, luego la dejaron caer sobre la Tierra. Los cuatro dragones iban y venían y el cielo se oscureció de tanta actividad. Al poco tiempo,  el agua del mar, que caía como si fuese lluvia, comenzó a estenderse por la Tierra.

La gente saltaba y gritaba de alegría: “¡Llueve, llueve! ¡Los cultivos se salvarán!”. Las espigas de trigo y el sorgo se enderezaron. El Dios del Mar descubrió lo que estaba sucediendo e informó de inmediato al emperador.  El Emperador de Jade se enfadó muchísimo y dijo: “¿Cómo se atreven los cuatro dragones a dar lluvia sin mi permiso?” Furioso ordenó a las tropas del Cielo apresaran a los cuatro dragones.

Los dragones, cansados y además en número muy inferior al de las tropas del emperador , no pudieron defenderse y pronto fueron apresados y llevados prisioneros al Palacio del Cielo.
Entonces el emperador ordenó al Dios de las Montañas: “Ve y pon cuatro montañas sobre los cuatro dragones, para que nunca más puedan escapar”.  El Dios de las Montañas, utilizando su magia, hizo que cuatro montañas enormes volaran por el cielo y cayeran sobre los cuatro dragones.

A pesar de tan tremendo castigo, los dragones no se arrepintieron jamás de sus actos, por el contrario decidieron que iban a ayudar eternamente a la gente. Y sin más,  ayudar a su pueblo, los dragones se convirtieron en ríos, los cuatro ríos más grandes de China.


En el norte está el Dragón Negro, conocido como el río Heilongjiang; el Dragón Amarillo o río Huang He, fluye por el centro del país. El Gran Dragón representa al río Yangtsé o Río Largo, también atraviesa parte del centro del país. El sur  del país está surcado por el Dragón Perlado, el río Zhū Jiāng, también conocido con el nombre de Río de las Perlas o el río Perleado.                                                                                                                                                                 Los Cuatro Dragones bañan con sus aguas vastas zonas, rodean montañas, atraviesan valles y cruzando el territorio de oeste a este, desembocan en sus propios hogares, los inmensos mares que bañan las costas de China.

LOS CUATRO DRAGONES CHINOS
AL NORTE EL DRAGÓN NEGRO

EL DRAGÓN AMARILLO EN LA ZONA 
NORTE DEL CENTRO DEL PAÍS


EL GRAN DRAGÓN 
EN LA ZONA SUR DEL CENTRO DEL PAÍS

EL DRAGÓN PERLEADO
EN LA ZONA SUR DEL PAÍS

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Enlaces/Links

Río Heilongjiang:https://es.wikipedia.org/wiki/Heilongjiang
Río Huang He / Río Amarillo: https://es.wikipedia.org/wiki/R%C3%ADo_Amarillo

Río Yangtsé/Río Largo: río Yangtsé
Río Zhū Jiāng/Río de las Perlas: https://es.wikipedia.org/wiki/R%C3%ADo_de_las_Perlas



En una isla muy lejana, llamada isla Buián, había una cabaña pequeña y vieja que servía de albergue a un anciano y su mujer. Vivían en la mayor pobreza; todos sus bienes se reducían a la cabaña y a una red que el mismo marido había hecho, y con la que todos los días iba a pescar, como único medio de procurarse el sustento de ambos.


Un día echó su red en el mar, empezó a tirar de ella y le pareció que pesaba extraordinariamente. Esperando una buena pesca se puso muy contento; pero cuando logró recoger la red vio que estaba vacía; tan sólo a fuerza de registrar bien encontró un pequeño pez. 

Al tratar de cogerlo quedó asombrado al ver que era un pez de oro; su asombro creció de punto al oír que el Pez, con voz humana, le suplicaba:

-No me cojas, abuelito; déjame nadar libremente en el mar y te podré ser útil dándote todo lo que pidas.

El anciano meditó un rato y le contestó:

-No necesito nada de ti; vive en paz en el mar. ¡Anda!

Y al decir esto echó al pez de oro al agua.

Al volver a la cabaña, su mujer, que era muy ambiciosa y soberbia, le preguntó:

-¿Qué tal ha sido la pesca?


-Mala, mujer -contestó, quitándole importancia a lo ocurrido-; sólo pude coger un pez de oro, tan pequeño que, al oír sus súplicas para que lo soltase, me dio lástima y lo dejé en libertad a cambio de la promesa de que me daría lo que le pidiese.

-¡Oh viejo tonto! Has tenido entro tus manos una gran fortuna y no supiste conservarla.
Y se enfadó la mujer de tal modo que durante todo el día estuvo riñendo a su marido, no dejándole en paz ni un solo instante.

-Si al menos, ya que no pescaste nada, le hubieses pedido un poco de pan, tendrías algo que comer; pero ¿qué comerás ahora si no hay en casa ni una migaja?

Al fin el marido, no pudiendo soportar más a su mujer, fue en busca del pez de oro; se acercó a la orilla del mar y exclamó:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

El Pez se arrimó a la orilla y le dijo:

-¿Qué quieres, buen viejo?

-Se ha enfadado conmigo mi mujer por haberte soltado y me ha mandado que te pida pan.

-Bien; vete a casa, que el pan no os faltará.

El anciano volvió a casa y preguntó a su mujer:

-¿Cómo van las cosas, mujer? ¿Tenemos bastante pan?

-Pan hay de sobra, porque está el cajón lleno -dijo la mujer-; pero lo que nos hace falta es una artesa nueva, porque se ha hendido la madera de la que tenemos y no podemos lavar la ropa; ve y dile al pez de oro que nos dé una.

El viejo se dirigió a la playa otra vez y llamó:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

El Pez se arrimó a la orilla y le dijo:

-¿Qué necesitas, buen viejo?

-Mi mujer me mandó pedirte una artesa nueva.

-Bien; tendrás también una artesa nueva.

De vuelta a su casa, cuando apenas había pisado el umbral, su mujer le salió al paso gritándole imperiosamente:

-Vete en seguida a pedirle al pez de oro que nos regale una cabaña nueva; en la nuestra ya no se puede vivir, porque apenas se tiene de pie.

Se fue el marido a la orilla del mar y gritó:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

El Pez nadó hacia la orilla poniéndose con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia el anciano, y le preguntó:

-¿Qué necesitas ahora, viejo?

-Constrúyenos una nueva cabaña; mi mujer no me deja vivir en paz riñéndome continuamente y diciéndome que no quiere vivir más en la vieja, porque amenaza hundirse de un día a otro.

-No te entristezcas. Vuelve a tu casa y reza, que todo estará hecho.

Volvió el anciano a casa y vio con asombro que en el lugar de la cabaña vieja había otra nueva hecha de roble y con adornos de talla. Corrió a su encuentro su mujer no bien lo hubo visto, y riñéndolo e injuriándolo, más enfadada que nunca, le gritó:

-¡Qué viejo más estúpido eres! No sabes aprovecharte de la suerte. Has conseguido tener una cabaña nueva y creerás que has hecho algo importante. ¡Imbécil! Ve otra vez al mar y dile al pez de oro que no quiero ser por más tiempo una campesina; quiero ser mujer de gobernador para que me
obedezca la gente y me salude con reverencia.

Se dirigió de nuevo el anciano a la orilla del mar y llamó en alta voz:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

Se arrimó el Pez a la orilla como otras veces y dijo:

-¿Qué quieres, buen viejo?

Éste le contestó:

-No me deja en paz mi mujer; por fuerza se ha vuelto completamente loca; dice que no quiere ser más una campesina; que quiere ser una mujer de gobernador.

-Bien; no te apures; vete a casa y reza a Dios, que yo lo arreglaré todo.

Volvió a casa el anciano; pero al llegar vio que en el sitio de la cabaña se elevaba una magnífica casa de piedra con tres pisos; corría apresurada la servidumbre por el patio; en la cocina, los cocineros preparaban la comida, mientras que su mujer hallábase sentada en un rico sillón vestida con un precioso traje de brocado y dando órdenes a toda la servidumbre.

-¡Hola, mujer! ¿Estás ya contenta? -le dijo el marido.

-¿Cómo has osado llamarme tu mujer a mí, que soy la mujer de un gobernador? -y dirigiéndose a sus servidores les ordenó-: Coged a ese miserable campesino que pretende ser mi marido y llevadlo a la cuadra para que lo azoten bien.

En seguida acudió la servidumbre, cogieron por el cuello al pobre viejo y lo arrastraron a la cuadra, donde los mozos lo azotaron y apalearon de tal modo que con gran dificultad pudo luego ponerse en pie. Después de esto, la cruel mujer le nombró barrendero de la casa y le dieron una escoba para que barriese el patio, con el encargo de que estuviese siempre limpio.

Para el pobre anciano empezó una existencia llena de amarguras y humillaciones; tenía que comer en la cocina y todo el día estaba ocupado barriendo el patio, porque apenas cometía la menor falta lo castigaban, apaleándolo en la cuadra.

-¡Qué mala mujer! -pensaba el desgraciado-. He conseguido para ella todo lo que ha deseado y me trata del modo más cruel, llegando hasta a negar que yo sea su marido.
Sin embargo, no duró mucho tiempo aquello, porque al fin se aburrió la vieja de su papel de mujer de gobernador. Llamó al anciano y le ordenó:

-Ve, viejo tonto, y dile al pez de oro que no quiero ser más mujer de gobernador; que quiero ser zarina.

Se fue el anciano a la orilla del mar y exclamó:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

El Pez de oro se arrimó a la orilla y dijo:

-¿Qué quieres, buen viejo?

-¡Ay, pobre de mí! Mi mujer se ha vuelto aún más loca que antes; ya no quiere ser mujer de gobernador; quiere ser zarina.

-No te apures. Vuelve tranquilamente a casa y reza a Dios. Todo estará hecho.

Volvió el anciano a casa, pero en el sitio de ésta vio elevarse un magnífico palacio cubierto con un tejado de oro; los centinelas hacían la guardia en la puerta con el arma al brazo; detrás del palacio se extendía un hermosísimo jardín, y delante había una explanada en la que estaba formado un gran ejército. La mujer, engalanada como correspondía a su rango de zarina, salió al balcón seguida de gran número de generales y nobles y empezó a pasar revista a sus tropas. Los tambores redoblaron, las músicas tocaron el himno real y los soldados lanzaron hurras ensordecedores.

A pesar de toda esta magnificencia, después de poco tiempo se aburrió la mujer de ser zarina y mandó que buscasen al anciano y lo trajesen a su presencia.
Al oír esta orden, todos los que la rodeaban se pusieron en movimiento; los generales y los nobles corrían apresurados de un lado a otro diciendo: «¿Qué viejo será ése?».

 Al fin, con gran dificultad, lo encontraron en un corral y lo llevaron a presencia de la zarina, que le gritó:

-¡Ve, viejo tonto; ve en seguida a la orilla del mar y dile al pez de oro que no quiero ser más una zarina; quiero ser la diosa de los mares, para que todos los mares y todos los peces me obedezcan!

El buen viejo quiso negarse, pero su mujer lo amenazó con cortarle la cabeza si se atrevía a desobedecerla. Con el corazón oprimido se dirigió el anciano a la orilla del mar, y una vez allí, exclamó:

-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!

Pero no apareció el pez de oro; el anciano lo llamó por segunda vez, pero tampoco vino. Lo llamó por tercera vez, y de repente se alborotó el mar, se levantaron grandes olas y el color azul del agua se obscureció hasta volverse negro. Entonces el Pez de oro se arrimó a la orilla y dijo:

-¿Qué más quieres, buen viejo?

El pobre anciano le contestó:

-No sé qué hacer con mi mujer; está furiosa conmigo y me ha amenazado con cortarme la cabeza si no vengo a decirte que ya no le basta con ser una zarina; que quiere ser diosa do los mares, para mandar en todos los mares y gobernar a todos los peces.

Esta vez el pez no respondió nada al anciano; se volvió y desapareció en las profundidades del mar.
El desgraciado viejo se volvió a casa y quedó lleno de asombro. El magnífico palacio había desaparecido y en su lugar se hallaba otra vez la primitiva cabaña vieja y pequeña, en la cual estaba sentada su mujer, vestida con unas ropas pobres y remendadas.


Tuvieron que volver a su vida de antes, dedicándose otra vez el viejo a la pesca, y aunque todos los días echaba su red al mar, nunca volvió a tener la suerte de pescar al maravilloso pez de oro.


SOBRE EL AUTOR DEL CUENTO
https://es.wikipedia.org/wiki/Aleksandr_Afan%C3%A1siev

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En un reino vivía una vez un comerciante con su mujer y su única hija, llamada Vasilisa la Hermosa. Al cumplir la niña los ocho años se puso enferma su madre, y presintiendo su próxima muerte llamó a Vasilisa, — Escúchame, hijita mía, y acuérdate bien de mis últimas palabras. Yo me muero y con mi bendición te dejo esta muñeca; guárdala siempre con cuidado, sin mostrarla a nadie, y cuando te suceda alguna desdicha, pídele consejo.
Después de haber dicho estas palabras, la madre besó a su hija, suspiró y se murió.
El comerciante, al quedarse viudo, se entristeció mucho; pero pasó tiempo, se fue consolando y decidió volver a casarse. Era un hombre bueno y muchas mujeres lo deseaban por marido; pero entro todas eligió una viuda que tenía dos hijas de la edad de Vasilisa y que en toda la comarca tenía fama de ser buena madre y ama de casa ejemplar.
El comerciante se casó con ella, pero pronto comprendió que se había equivocado, pues no encontró la buena madre que para su hija deseaba.

Vasilisa era la joven más hermosa de la aldea; la madrastra y sus hijas, envidiosas de su belleza, la mortificaban continuamente y le imponían toda clase de trabajos para ajar su hermosura a fuerza de cansancio y para que el aire y el sol quemaran su cutis delicado. Vasilisa soportaba todo con resignación y cada día crecía su hermosura, mientras que las hijas de la madrastra, a pesar de estar siempre ociosas, se afeaban por la envidia que tenían a su hermana. La causa de esto no era ni más ni menos que la buena Muñeca, sin la ayuda de la cual Vasilisa nunca hubiera podido cumplir con todas sus obligaciones. La Muñeca la consolaba en sus desdichas, dándole buenos consejos y trabajando con ella.
Así pasaron algunos años y las muchachas llegaron a la edad de casarse. Todos los jóvenes de la ciudad solicitaban casarse con Vasilisa, sin hacer caso alguno de las hijas de la madrastra. Ésta, cada vez más enfadada, contestaba a todos:
— No casaré a la menor antes de que se casen las mayores.
Y después de haber despedido a los pretendientes, se vengaba de la pobre Vasilisa con golpes e injurias.



Un día el comerciante tuvo necesidad de hacer un viaje y se marchó.
Entretanto, la madrastra se mudó a una casa que se hallaba cerca de un espeso bosque en el que, según decía la gente, aunque nadie lo había visto, vivía la terrible bruja Baba— Yaga; nadie osaba acercarse a aquellos lugares, porque Baba— Yaga se comía a los hombres como si fueran pollos.
Después de instaladas en el nuevo alojamiento, la madrastra, con diferentes pretextos, enviaba a Vasilisa al bosque con frecuencia; pero a pesar de todas sus astucias la joven volvía siempre a casa, guiada por la Muñeca, que no permitía que Vasilisa se acercase a la cabaña de la temible bruja.
Llegó el otoño, y un día la madrastra dio a cada una de las tres muchachas una labor: a una le ordenó que hiciese encaje; a otra, que hiciese medias, y a Vasilisa le mandó hilar, obligándolas a presentarle cada día una cierta cantidad de trabajo hecho. Apagó todas las luces de la casa, excepto una vela que dejó encendida en la habitación donde trabajaban sus hijas, y se acostó. Poco a poco, mientras las muchachas estaban trabajando, se formó en la vela un pabilo, y una de las hijas de la madrastra, con el pretexto de cortarlo, apagó la luz con las tijeras.
— ¿Qué haremos ahora? — Dijeron las jóvenes—. No había más luz que ésta en toda la casa y nuestras labores no están aún terminadas. ¡Habrá que ir en busca de luz a la cabaña de Baba— Yaga!
— Yo tengo luz de mis alfileres — dijo la que hacía el encaje—. No iré yo.
— Tampoco iré yo — añadió la que hacía las medias—. Tengo luz de mis agujas.
— ¡Tienes que ir tú en busca de luz! — Exclamaron ambas—. ¡Anda! ¡Ve a casa de Baba— Yaga!
Y al decir esto echaron a Vasilisa de la habitación. Vasilisa se dirigió sin luz a su cuarto, puso la cena delante de la Muñeca y le dijo:
— Come, Muñeca mía, y escucha mi desdicha. Me mandan a buscar luz a la cabaña de Baba— Yaga y ésta me comerá. ¡Pobre de mí!
— No tengas miedo — le contestó la Muñeca—; ve donde te manden, pero no te olvides de llevarme contigo; ya sabes que no te abandonaré en ninguna ocasión.
Vasilisa se metió la Muñeca en el bolsillo, se persignó y se fue al bosque. La pobrecita iba temblando, cuando de repente pasó rápidamente por delante de ella un jinete blanco como la nieve, vestido de blanco, montado en un caballo blanco y con un arnés blanco; en seguida empezó a amanecer.


Siguió su camino y vio pasar otro jinete rojo, vestido de rojo y montado en un corcel rojo, y en seguida empezó a levantarse el sol. Durante todo el día y toda la noche anduvo Vasilisa, y sólo al atardecer del día siguiente llegó al claro donde se hallaba la cabaña de Baba— Yaga; la cerca que la rodeaba estaba hecha de huesos humanos rematados por calaveras; las puertas eran piernas humanas; los cerrojos, manos, y la cerradura, una boca con dientes. Vasilisa se llenó de espanto. De pronto apareció un jinete todo negro, vestido de negro y montando un caballo negro, que al aproximarse a las puertas de la cabaña de Baba— Yaga desapareció como si se lo hubiese tragado la tierra; en seguida se hizo de noche. No duró mucho la oscuridad: de las cuencas de los ojos de todas las calaveras salió una luz que alumbró el claro del bosque como si fuese de día. Vasilisa temblaba de miedo y no sabiendo dónde esconderse, permanecía quieta.
De pronto se oyó un tremendo alboroto: los árboles crujían, las hojas secas estallaban y la espantosa bruja Baba— Yaga apareció saliendo del bosque, sentada en su mortero, arreando con el mazo y barriendo sus huellas con la escoba. Acercóse a la puerta, se paró, y husmeando el aire, gritó:
— ¡Huele a carne humana! ¿Quién está ahí?
Vasilisa se acercó a la vieja, la saludó con mucho respeto y le dijo:
— Soy yo, abuelita; las hijas de mi madrastra me han mandado que venga a pedirte luz.
— Bueno — contestó la bruja—, las conozco bien; quédate en mi casa y si me sirves a mi gusto te daré la luz.
Luego, dirigiéndose a las puertas, exclamó:
— ¡Ea!, Mis fuertes cerrojos, ¡abríos! ¡Ea!, Mis anchas puertas, ¡dejadme pasar!
Las puertas se abrieron; Baba— Yaga entró silbando, acompañada de Vasilisa, y las puertas se volvieron a cerrar solas. Una vez dentro de la cabaña, la bruja se echó en un banco y dijo:
— ¡Quiero cenar! ¡Sirve toda la comida que está en el horno!
Vasilisa encendió una tea acercándola a una calavera, y se puso a sacar la comida del horno y a servírsela a Baba— Yaga; la comida era tan abundante que habría podido satisfacer el hambre de diez hombres; después trajo de la bodega vinos, cerveza, aguardiente y otras bebidas. Todo se lo comió y se lo bebió la bruja, y a Vasilisa le dejó tan sólo un poquitín de sopa de coles y una cortecita de pan.
Se preparó para acostarse y dijo a la nueva doncella:
— Mañana tempranito, después que me marche, tienes que barrer el patio, limpiar la cabaña, preparar la comida y lavar la ropa; luego tomarás del granero un celemín de trigo y lo expurgarás del maíz que tiene mezclado. Procura hacerlo todo, porque si no te comeré a ti.
Después de esto, Baba— Yaga se puso a roncar, mientras que Vasilisa, poniendo ante la Muñeca las sobras de la comida y vertiendo amargas lágrimas, dijo:
— Toma, Muñeca mía, come y escúchame. ¡Qué desgraciada soy! La bruja me ha encargado que haga un trabajo para el que harían falta cuatro personas y me amenazó con comerme si no lo hago todo.
La Muñeca contestó:
— No temas nada, Vasilisa; come, y después de rezar, acuéstate; mañana arreglaremos todo.
Al día siguiente despertóse Vasilisa muy tempranito, miró por la ventana y vio que se apagaban ya los ojos de las calaveras. Vio pasar y desaparecer al jinete blanco, y en seguida amaneció. Baba— Yaga salió al patio, silbó, y ante ella apareció el mortero con el mazo y la escoba.
Pasó a todo galope el jinete rojo, e inmediatamente salió el sol. La bruja se sentó en el mortero y salió del patio arreando con el mazo y barriendo con la escoba.

Vasilisa se quedó sola, recorrió la cabaña, se admiró al ver las riquezas que allí había y se quedó indecisa sin saber por cuál trabajo empezar. Miró a su alrededor y vio que de pronto todo el trabajo aparecía hecho; la Muñeca estaba separando los últimos granos de trigo de los de maíz.
— ¡Oh mi salvadora! — Exclamó Vasilisa—. Me has librado de ser comida por Baba— Yaga.
— No te queda más que preparar la comida — le contestó la Muñeca al mismo tiempo que se metía en el bolsillo de Vasilisa—. Prepárala y descansa luego de tu labor.
Al anochecer, Vasilisa puso la mesa, esperando la llegada de Baba— Yaga. Ya anochecía cuando pasó rápidamente el jinete negro, e inmediatamente obscureció por completo; sólo lucieron los ojos de las calaveras. Luego crujieron los árboles, estallaron las hojas y apareció Baba— Yaga, que fue recibida por Basilisa.
— ¿Está todo hecho? — Preguntó la bruja.
— Examínalo todo tú misma, abuelita.
Baba— Yaga recorrió toda la casa y se puso de mal humor por no encontrar un motivo para regañar a Vasilisa.
— Bien — dijo al fin, y se sentó a la mesa; luego exclamó—: ¡Mis fieles servidores, venid a moler mi trigo!
En seguida se presentaron tres pares de manos, cogieron el trigo y desaparecieron. Baba— Yaga, después de comer hasta saciarse, se acostó y ordenó a Vasilisa:
— Mañana harás lo mismo que hoy, y además tomarás del granero un montón de semillas de adormidera y las escogerás una a una para separar los granos de tierra.
Y dada esta orden se volvió del otro lado y se puso a roncar, mientras Vasilisa pedía consejo a la Muñeca. Ésta repitió la misma contestación de la víspera:
— Acuéstate tranquila después de haber rezado. Por la mañana se es más sabio que por la noche; ya veremos cómo lo hacemos todo.
Por la mañana la bruja se marchó otra vez, y la muchacha, ayudada por su Muñeca, cumplió todas sus obligaciones. Al anochecer volvió Baba— Yaga a casa, visitó todo y exclamó:
— ¡Mis fieles servidores, mis queridos amigos, venid a prensar mi simiente de adormidera!
Se presentaron los tres pares de manos, cogieron las semillas de adormidera y se las llevaron. La bruja se sentó a la mesa y se puso a cenar.
— ¿Por qué no me cuentas algo? — Preguntó a Vasilisa, que estaba silenciosa—. ¿Eres muda?
— Si me lo permites, te preguntaré una cosa.
— Pregunta; pero ten en cuenta que no todas las preguntas redundan en bien del que las hace. Cuanto más sabio se es, se es más viejo.
— Quiero preguntarte, abuelita, lo que he visto mientras caminaba por el bosque. Me adelantó un jinete todo blanco, vestido de blanco y montado sobre un caballo blanco. ¿Quién era?
— Es mi Día Claro — contestó la bruja.
— Más allá me alcanzó otro jinete todo rojo, vestido de rojo y montando un corcel rojo. ¿Quién era éste?
— Es mi Sol Radiante.
— ¿Y el jinete negro que me encontré ya junto a tu puerta?
— Es mi Noche Obscura.
Vasilisa se acordó de los tres pares de manos, pero no quiso preguntar más y se calló.
— ¿Por qué no preguntas más? — Dijo Baba— Yaga.
— Esto me basta; me has recordado tú misma, abuelita, que cuanto más sepa seré más vieja.
— Bien — repuso la bruja—; bien haces en preguntar sólo lo que has visto fuera de la cabaña y no en la cabaña misma, pues no me gusta que los demás se enteren de mis asuntos. Y ahora te preguntaré yo también. ¿Cómo consigues cumplir con todas las obligaciones que te impongo?
— La bendición de mi madre me ayuda — contestó la joven.
— ¡Oh lo que has dicho! ¡Vete en seguida, hija bendita! ¡No necesito almas benditas en mi casa! ¡Fuera!
Y expulsó a Vasilisa de la cabaña, la empujó también fuera del patio; luego, tomando de la cerca una calavera con los ojos encendidos, la clavó en la punta de un palo, se la dio a Vasilisa y le dijo:
— He aquí la luz para las hijas de tu madrastra; tómala y llévatela a casa.
La muchacha echó a correr alumbrando su camino con la calavera, que se apagó ella sola al amanecer; al fin, a la caída de la tarde del día siguiente llegó a su casa. Acercóse a la puerta y tuvo intención de tirar la calavera pensando que ya no necesitarían luz en casa; pero oyó una voz sorda que salía de aquella boca sin dientes, que decía: ‘No me tires, llévame contigo.’ Miró entonces a la casa de su madrastra, y no viendo brillar luz en ninguna ventana, decidió llevar la calavera consigo.
La acogieron con cariño y le contaron que desde el momento en que se había marchado no tenían luz, no habían podido encender el fuego y las luces que traían de las casas de los vecinos se apagaban apenas entraban en casa.
— Acaso la luz que has traído no se apague — dijo la madrastra.
Trajeron la calavera a la habitación y sus ojos se clavaron en la madrastra y sus dos hijas, quemándolas sin piedad. Intentaban esconderse, pero los ojos ardientes las perseguían por todas partes; al amanecer estaban ya las tres completamente abrasadas; sólo Vasilisa permaneció intacta.
Por la mañana la joven enterró la calavera en el bosque, cerró la casa con llave, se dirigió a la ciudad, pidió alojamiento en casa de una pobre anciana y se instaló allí esperando que volviese su padre. Un día dijo Vasilisa a la anciana: — Me aburro sin trabajo, abuelita. Cómprame del mejor lino e hilaré, para matar el tiempo.
La anciana compró el lino y la muchacha se puso a hilar. El trabajo avanzaba con rapidez y el hilo salía igualito y finito como un cabello.
Pronto tuvo un gran montón, suficiente para ponerse a tejer; pero era imposible encontrar un peine tan fino que sirviese para tejer el hilo de Vasilisa y nadie se comprometía a hacerlo. La muchacha pidió ayuda a su Muñeca, y ésta en una sola noche, le preparó un buen telar.


A fines del invierno el lienzo estaba ya tejido y era tan fino que se hubiera podido enhebrar en una aguja. En la primavera lo blanquearon, y entonces dijo Vasilisa a la anciana:
— Vende, abuelita, el lienzo y guárdate el dinero.
La anciana miró la tela y exclamó:
— No, hijita; ese lienzo, salvo el zar, no puede llevarlo nadie. Lo enseñaré en palacio.
Se dirigió a la residencia del zar y se puso a pasear por delante de las ventanas de palacio.
El zar la vio y le preguntó:
— ¿Qué quieres, viejecita?
— Majestad — contestó ésta—, he traído conmigo una mercancía preciosa que no quiero mostrar a nadie más que a ti.
El zar ordenó que la hiciesen entrar, y al ver el lienzo se quedó admirado.
— ¿Qué quieres por él? — Preguntó.
— No tiene precio, padre y señor; te lo he traído como regalo.
El zar le dio las gracias y la colmó de regalos. Empezaron a cortar el lienzo para hacerle al zar unas camisas; cortaron la tela, pero no pudieron encontrar lencera que se encargase de coserlas. La buscaron largo tiempo, y al fin el zar llamó a la anciana y le dijo:
— Ya que has sabido hilar y tejer un lienzo tan fino, por fuerza — No soy yo, majestad, quien ha hilado y tejido esta tela; es labor de una hermosa joven que vive conmigo.
— Bien; pues que me cosa ella las camisas.
Volvió la anciana a su casa y contó a Vasilisa lo sucedido y ésta repuso:
— Ya sabía yo que me llamarían para hacer este trabajo.
Se encerró en su habitación y se puso a trabajar. Cosió sin descanso y pronto tuvo hecha una docena de camisas. La anciana las llevó a palacio, y mientras tanto Basilisa se lavó, se peinó, se vistió y se sentó a la ventana esperando lo que sucediera.
Al poco rato vio entrar en la casa a un lacayo del zar, que dirigiéndose a la joven dijo:
— Su Majestad el zar quiere ver a la hábil lencera que le ha cosido las camisas, para recompensarla según merece.
Vasilisa la Hermosa se encaminó a palacio y se presentó al zar.
Apenas éste la vio se enamoró perdidamente de ella.
— Hermosa joven — le dijo—, no me separaré de ti, porque serás mi esposa.
Entonces tomó a Vasilisa la Hermosa de la mano, la sentó a su lado y aquel mismo día celebraron la boda.
Cuando volvió el padre de Basilisa tuvo una gran alegría al conocer la suerte de su hija y se fue a vivir con ella. En cuanto a la anciana, la joven zarina la acogió también en su palacio y a la Muñeca la guardó consigo hasta los últimos días de su vida, que fue toda ella muy feliz.
 



 
Vivía en otros tiempos un comerciante con su mujer; un día ésta se murió, dejándole una hija. Al poco tiempo el viudo se casó con otra mujer, que, envidiosa de su hijastra, la maltrataba y buscaba el modo de librarse de ella.
Aprovechando la ocasión de que el padre tuvo que hacer un viaje, la madrastra dijo a la muchacha:
— Ve a ver a mi hermana y pídele que te dé una aguja y un poco de hilo para que te cosas una camisa.
La hermana de la madrastra era una bruja, y como la muchacha era lista, decidió ir primero a pedir consejo a otra tía suya, hermana de su padre.
— Buenos días, tiíta.
— Muy buenos, sobrina querida. ¿A qué vienes?
— Mi madrastra me ha dicho que vaya a pedir a su hermana una aguja e hilo, para que me cosa una camisa.
— Acuérdate bien — le dijo entonces la tía— de que un álamo blanco querrá arañarte la cara: tú átale las ramas con una cinta. Las puertas de una cancela rechinarán y se cerrarán con estrépito para no dejarte pasar; tú úntale los goznes con aceite. Los perros te querrán despedazar; tírales un poco de pan. Un gato feroz estará encargado de arañarte y sacarte los ojos; dale un pedazo de jamón.
La chica se despidió, cogió un poco de pan, aceite y jamón y una cinta, se puso a andar en busca de la bruja y finalmente llegó.
Entró en la cabaña, en la cual estaba sentada la bruja Baba— Yaga sobre sus piernas huesosas, ocupada en tejer.



— Buenos días, tía.
— ¿A qué vienes, sobrina?
— Mi madre me ha mandado que venga a pedirte una aguja e hilo para coserme una camisa.
— Está bien. En tanto que lo busco, siéntate y ponte a tejer.
Mientras la sobrina estaba tejiendo, la bruja salió de la habitación, llamó a su criada y le dijo:
— Date prisa, calienta el baño y lava bien a mi sobrina, porque me la voy a comer.
La pobre muchacha se quedó medio muerta de miedo, y cuando la bruja se marchó, dijo a la criada:
— No quemes mucha leña, querida; mejor es que eches agua al fuego y lleves el agua al baño con un colador.
Y diciéndole esto, le regaló un pañuelo.
Baba— Yaga, impaciente, se acercó a la ventana donde trabajaba la chica y le preguntó a ésta:
— ¿Estás tejiendo, sobrinita?
— Sí, tiíta, estoy trabajando.
La bruja se alejó de la cabaña, y la muchacha, aprovechando aquel momento, le dio al gato un pedazo de jamón y le preguntó cómo podría escaparse de allí. El gato le dijo:
— Sobre la mesa hay una toalla y un peine: cógelos y echa a correr lo más deprisa que puedas, porque la bruja Baba— Yaga correrá tras de ti para cogerte; de cuando en cuando échate al suelo y arrima a él tu oreja; cuando oigas que está ya cerca, tira al suelo la toalla, que se transformará en un río muy ancho. Si la bruja se tira al agua y lo pasa a nado, tú habrás ganado delantera. Cuando oigas en el suelo que no está lejos de ti, tira el peine, que se transformará en un espeso bosque, a través del cual la bruja no podrá pasar.
La muchacha cogió la toalla y el peine y se puso a correr. Los perros quisieron despedazarla, pero les tiró un trozo de pan; las puertas de una cancela rechinaron y se cerraron de golpe, pero la muchacha untó los goznes con aceite, y las puertas se abrieron de par en par. Más allá, un álamo blanco quiso arañarle la cara; entonces ató las ramas con una cinta y pudo pasar.
El gato se sentó al telar y quiso tejer; pero no hacía más que enredar los hilos. La bruja, acercándose a la ventana, preguntó:
— ¿Estás tejiendo, sobrinita? ¿Estás tejiendo, querida?
— Sí, tía, estoy tejiendo — respondió con voz ronca el gato.
Baba— Yaga entró en la cabaña, y viendo que la chica no estaba y que el gato la había engañado, se puso a pegarle, diciéndole:
— ¡Ah viejo goloso! ¿Por qué has dejado escapar a mi sobrina? ¡Tu obligación era quitarle los ojos y arañarle la cara!
— Llevo mucho tiempo a tu servicio — dijo el gato— y todavía no me has dado ni siquiera un huesecito, y ella me ha dado un pedazo de jamón.
Baba— Yaga se enfadó con los perros, con la cancela, con el álamo y con la criada y se puso a pegar a todos.
Los perros le dijeron:
— Te hemos servido muchos años, sin que tú nos hayas dado ni siquiera una corteza dura de pan quemado, y ella nos ha regalado con pan fresco.
La cancela dijo:
— Te he servido mucho tiempo, sin que a pesar de mis chirridos me hayas engrasado con sebo, y ella me ha untado los goznes con aceite.
El álamo dijo:
— Te he servido mucho tiempo, sin que me hayas regalado ni siquiera un hilo, y ella me ha engalanado con una cinta.
La criada exclamó:
— Te he servido mucho tiempo, sin que me hayas dado ni siquiera un trapo, y ella me ha regalado un pañuelo.
Baba— Yaga se apresuró a sentarse en el mortero; arreándole con el mazo y barriendo con la escoba sus huellas, salió en persecución de la muchacha. Ésta arrimó su oído al suelo para escuchar y oyó acercarse a la bruja. Entonces tiró al suelo la toalla, y al instante se formó un río muy ancho.
Baba— Yaga llegó a la orilla, y viendo el obstáculo que se le interponía en su camino, rechinó los dientes de rabia, volvió a su cabaña, reunió a todos sus bueyes y los llevó al río: los animales bebieron toda el agua y la bruja continuó la persecución de la muchacha.
Ésta arrimó otra vez su oído al suelo y oyó que Baba— Yaga estaba ya muy cerca: tiró al suelo el peine y se transformó en un bosque espesísimo y frondoso.
La bruja se puso a roer los troncos de los árboles para abrirse paso; pero a pesar de todos sus esfuerzos no lo consiguió, y tuvo que volverse furiosa a su cabaña.
Entretanto, el comerciante volvió a casa y preguntó a su mujer.
— ¿Dónde está mi hijita querida?
— Ha ido a ver a su tía — contestó la madrastra.
Al poco rato, con gran sorpresa de la madrastra, regresó la niña.
— ¿Dónde has estado? — Le preguntó el padre.
— ¡Oh padre mío! Mi madre me ha mandado a casa de su hermana a pedirle una aguja con hilo para coserme una camisa, y resulta que la tía es la mismísima bruja Baba— Yaga, que quiso comerme.
— ¿Cómo has podido escapar de ella, hijita?
Entonces la niña le contó todo lo sucedido.
Cuando el comerciante se enteró de la maldad de su mujer, la echó de su casa y se quedó con su hija.
Los dos vivieron en paz muchos años felices.








El nombre original del cuento en alemán es: " Das tapfere Schneiderlein ".  

El sastrecillo valiente" es un cuento de los hermanos Wilhelm y Jakob Grimm.                 

Ilustraciones de Carl Offterdinger




Un sastrecillo estaba sentado en su mesa cerca de la ventana en una hermosa mañana de verano, cosiendo alegremente y con mucha prisa, cuando acertó a pasar por la calle una mujer que voceaba:
¿Quién compra buena crema? ¿Quién compra buena crema?
Esta palabra crema sonó tan agradablemente a nuestro hombre que, asomando su pequeña cabeza por la ventana, exclamó:
-Aquí, buena mujer, entrad aquí y encontraréis comprador.
La mujer subió cargada con su pesado cesto los tres escalones de la tienda del sastre y tuvo que poner delante de él todos sus cacharros para que los mirase, manejase y oliese el uno después del otro y concluyó diciendo:
-Me parece que es buena esta crema; dadme dos onzas, buena mujer, y aunque sea un cuarterón.
La vendedora, que había creído hacer un negocio mucho mejor, le dio lo que pedía, pero se fue gruñendo y refunfuñando.
-Ahora, exclamó el sastrecillo, suplico a Dios que tenga a bien bendecir esta buena crema para que me dé fuerza y vigor.
Y cogiendo el pan del armario partió una larga rebanada para extender su crema encima.
-¡Qué bien me va a saber!, pensó para sí, pero antes de comérmela voy a acabar la chaqueta.
Colocó la tostada a su lado y se puso a coser de nuevo, y era tal su alegría que daba las puntadas cada vez mayores. Pero el olor de la crema atraía las moscas que cubrían la pared y vinieron en gran número a colocarse encima de ella.
-¿Quién os ha llamado aquí?, dijo el sastre echando a tan incómodos húespedes.
Pero las moscas, sin hacerle caso, volvieron en mayor número que antes.
El satrecillo entonces se incomodó, y sacando de su cajón un pedazo de paño exclamó:
-Esperad, yo os arreglaré, y les dio un golpe sin piedad.
Después del primer golpe, contó las moscas muertas y no había nada menos que siete, que estaban con las patas extendidas.
-¡Diablos!, se dijo admirado de su valor, parece que soy un valiente; es necesario que lo sepa toda la ciudad.
Y en su entusiasmo se hizo un cinturón y le bordó encima con letras muy gordas: «Mató siete de un cachete.»
-Pero la ciudad es muy pequeña, añadió en seguida; debe saberlo el mundo entero.
El corazón le saltaba de alegría dentro del pecho, como la cola de un corderillo.
Se puso su cinturón y resolvió recorrer el mundo, pues su tienda le pareció desde entonces un teatro muy pequeño para su valor.
Antes de salir de su casa buscó por todos lados lo que había de llevar, pero no encontró más que un queso rancio que se metió en el bolsillo. Delante de la puerta había un pájaro en su jaula, lo cogió y lo metió en el bolsillo con el queso.
Después emprendió valerosamente su camino y como era listo y activo, anduvo una semana.
Pasó por una montaña, en cuya cumbre había una enorme gigante que miraba tranquilamente a los pasajeros. El sastrecillo se fue derecho a él y le dijo:
-Buenos días, compañero; ¿qué haces ahí sentado? ¿Estás mirando cómo se mueve el mundo a tus pies? Yo me he puesto en camino en busca de aventuras; ¿quieres venir conmigo?
El gigante le contestó con aire de desprecio:
-¡Bribonzuelo, sietemesino!
-¿Cómo te atreves a decirme eso?, exclamó el sastre.
Y desabotonándose el chaleco, le enseñó el cinturón diciendo:
-Lee aquí y verás con quien te has metido.
El gigante que leyó, «siete de un cachete», se imaginó que eran hombres muertos por el sastre, entonces miró con un poco más de respeto a su débil interlocutor. Sin embargo para experimentarle cogió un guijarro en la mano y le apretó con tal fuerza que empezó a rezumar agua.
 -Ahora, le dijo, haz lo que yo, si tienes tanta fuerza, dijo el gigante.
 -¿No es más que eso?, dijo el sastre, pues eso es un juego de niños para mí.
 Y metiendo la mano en su bolsillo sacó el queso que llevaba en él y le apretó en su mano de manera que le sacó todo el jugo que tenía.
 -¿Qué te parece?, añadió; ¿hay alguna diferencia entre los dos?
 El gigante no sabia qué decir y no comprendía que un enano pudiera tener tantas fuerzas. Cogió otro guijarro y le lanzó tan alto que apenas lo distinguía la vista más perspicaz, y le dijo:
 -Vamos, hombrecillo, haz lo que yo.
 -Bien tirado, dijo el sastre, pero la piedra ha caído. Yo voy a tirar otra que no caerá.
 Y sacando el pájaro que estaba en su bolsillo lo echó a volar.
 El pájaro, contento al verse libre, partió más rápido que una flecha y no volvió más.
-¿Qué dices ahora?, añadió.

-Está muy bien hecho, respondió el gigante; mas quiero ver si cargas tanto como lejos tiras.
 Y condujo al sastrecillo delante de una enorme encina que estaba caída en el suelo.
-Si verdaderamente tienes fuerzas, le dijo, es preciso que me ayudes a levantar este árbol.
 -Con mucho gusto, contestó el hombrecillo, carga el tronco sobre tu espalda, yo cargaré con las ramas y la copa que es lo más pesado.
 El gigante se echó el tronco a espaldas, pero el sastrecillo se sentó en una rama de manera que el gigante, que no podía mirar hacia atrás, llevaba todo el árbol. El sastre se había instalado comodamente y cantaba con la mayor alegría.
 El gigante anonadado bajó el peso y no pudiendo resistirle dados algunos pasos, gritó:
 -Mira, voy a tirarle al suelo.
 El satrecillo, muy listo, saltó inmediatamente a tierra y cogiendo el árbol entre sus brazos como si lo hubiera llevado lo que le correspondía dijo al gigante:
-Bien flojo eres para ser tan alto.
Continuaron su camino y acertando a pasar por delante de un cerezo, cogió el gigante la copa del árbol donde se hallaba la fruta más madura, y encorvándola hasta el suelo, la puso la alcance de la mano del sastrecillo para que comiese las cerezas, pero éste era demasiado débil para sostenerla, y en cuanto gigante la soltó, el árbol se se enderezó y se llevó al sastre consigo. El sastre bajó sin hacerse daño, pero el gigante le dijo:
 -¿Qué es eso?, no tienes fuerzas para encorvar semejante bagatela?
-No se trata de fuerzas, respondió el sastrecillo, ¿qué es eso para un hombre que ha derribado siete de un cachete? He saltado por encima del árbol para librarme de las balas, porque allá abajo hay unos cazadores que tiran a los matorrales. Haz tú otro tanto si puedes.
 El gigante probó, pero no pudo saltar por encima del árbol y se quedó enredado en las ramas. Así conservó la ventaja el sastre.
 -Puesto que eres un muchacho tan valiente, dijo el gigante, es preciso que vengas a nuestra caverna y pases la noche con nosotros.
El sastre consintió en ello con mucho gusto. En cuanto llegaron encontraron a otros gigantes sentados cerca de la lumbre comiéndose cada uno un carnero asado que tenían en la mano. El sastre creyó que la habitación era mucho mayor que su tienda.
 El gigante le enseñó su cama y le mandó que se acostase, pero como la cama era demasiado grande para un cuerpo tan pequeño, se acurrucó en un rincón. A la media noche, creyendo el gigante que dormía con un profundo sueño, cogió una barra de hierro y dio un golpe muy grande en medio de la cama, con lo que pensó haber matado decididamente al enano.

 Los gigantes se levantaron al amanecer y se fueron al bosque; se habían olvidado del sastre, cuando le vieron salir de la caverna con un aire muy alegre y un tanto descarado; llenos de miedo y temiendo los matase a todos, echaron a correr sin esperar a más.
 Continuó el sastrecillo su viaje y después de haber andado mucho tiempo, llegó al jardín de un palacio, y como estaba un poco cansado se echó en el musgo y se durmió. Las personas que pasaron por allí se pusieron a mirarle por todos lados y leyeron en su cinturón: «Siete de un cachete.»
 -¡Ah!, dijeron para sí, ¿qué es lo que viene a hacer aquí este rayo de la guerra en el seno de la paz? Debe ser algún señor muy poderoso.
 Fueron a dar parte a su rey, añadiendo que si llegaba a declararse la guerra sería un auxiliar muy eficaz, por lo que había que ganarle a cualquier precio.
 Agradó al rey este consejo y envió a uno de sus cortesanos para ofrecerle, en cuanto despertase, un empleo en su servicio.
 El enviado permaneció de centinela cerca del hombrecillo; y cuando comenzó a abrir los ojos y a estirarse le hizo la propuesta.
 -Con ese objeto he venido, respondió el sastre; estoy pronto a entrar al servicio del rey.
 Se le recibió con toda clase de honores y le designaron una habitación en la corte. Pero los militares estaban celosos de él y hubieran querido verle a mil leguas de allí.
 -¿En qué vendrá a parar todo esto?, se decían unos a otros.
 -Si tenemos alguna desazón con él, se arrojará sobre nosotros y matará a siete de una vez. Ninguno de nosotros sobrevivirá.
 Resolvieron comparecer ante el rey y presentarle todos su dimisión.
 -No podemos, le dijeron, permanecer al lado de un hombre que derriba siete de un cachete.
 El rey sintió mucho verse abandonado por todos sus leales servidores y hubiera deseado no haber conocido nunca al que era causa de ello y del que se hubiese deshecho con mucho gusto. Pero no se atrevía a despedirle por temor de que este hombre terrible le matase, para apoderarse de su trono y de su pueblo.
 El rey, después de haber pensado mucho en ello, halló un expediente. Mandó hacer al hombrecillo una oferta que no podía dejar de aceptar en su calidad de héroe. En un bosque de aquel país había dos gigantes que cometían toda clase de robos, asesinatos e incendios. Nadie se acercaba a ellos sin temer por su vida. Si conseguía vencerlos y matarlos, el rey le daba su hija única por mujer con la mitad del reino por dote. Para ayudarle en caso necesario pusieron cien caballos a su disposición.

 Pensó el sastrecillo que la ocasión de casarse con una princesa tan linda era muy buena y que no se encontraría todos los días. Declaró que, consentía en ir contra los gigantes, pero que para nada quería la escolta de los cien caballos, pues el que había matado siete de un cachete, no temía a dos adversarios a la vez.

 Se puso en marcha seguido de los cien caballos y, cuando llegó a la entrada del bosque, les dijo que le esperaran que él solo se las compondría con los dos gigantes. Después entró en el bosque, mirando alrededor con precaución. Al cabo de un rato distinguió a los dos gigantes; estaban dormidos bajo un árbol y roncaban con tanta fuerza que hacían encorvar a las ramas. El sastrecillo llenó sus dos bolsillos de guijarros y sin perder tiempo se encaramó al árbol y se deslizó por una rama que se adelantaba precisamente por entre los dos gigantes dormidos y dejó caer algunos guijarros, uno tras otro, sobre el estómago de uno de ellos. El gigante no sintió nada en un principio, pero al fin despertó y empujando a su compañero le dijo:
- ¿Por qué me pegas?
 -Estás soñando, dijo el otro, yo no te he tocado.
 Luego volvieron a dormirse. El sastre tiró entonces una piedra al segundo.
 ¿Qué hay?, exclamó éste. ¿Qué es lo que has tirado?
 -Yo no te he tirado nada, tú sueñas, respondió el primero.
 Disputaron por algún tiempo, pero, como estaban cansados, concluyeron por callar y volverse a dormir. El sastre sin embargo continuó su juego y escogiendo el mayor de los guijarros lo tiró con todas sus fuerzas sobre el estómago del primer gigante:
-¡Esto es ya demasiado!, exclamó éste y levantándose furioso saltó sobre su compañero y le pagó con la misma moneda.
 El combate fue tan terrible que arrancaban árboles enteros para servirse de ellos como de armas, y no cesó hasta que ambos quedaron muertos en el suelo.
 El sastrecillo bajó entonces de su puesto.
 -Por fortuna, pensó para sí, no han arrancado también el árbol en que yo me hallaba, pues me hubiera visto obligado a saltar a otro como una ardilla, pero en nuestro oficio todos somos listos.
Sacó la espada y después de haber dado dos buenos golpes en el pecho a cada uno de ellos, volvió a reunirse a su escolta a la que dijo:
 Ya he concluido; les he dado el golpe de gracia; la situación ha estado reñido, querían resistir y hasta han arrancado árboles para tirármelos, pero ¿de qué sirve todo esto contra un hombre como yo que derriba siete de un cachete?
-¿No estás herido?, le preguntaron los soldados.
No, dijo, no han podido tocarme ni a la punta de un cabello.
Los soldados no quisieron creerlo; entraron en el bosque y encontraron en efecto a los gigantes nadando en su sangre y los árboles arrancados por todas partes a su alrededor.
El sastrecillo reclamó la recompensa prometida por el rey, pero éste, que se arrepentía de haber empeñado su palabra, buscó un medio para librarse del héroe.
-Hay, le dijo, otra aventura que debes llevar a cabo antes de obtener a mi hija y la mitad de mi reino. Frecuenta mis bosques un unicornio que hace muchos estragos, es preciso que te apoderes de él.
-Un unicornio me da todavía menos miedo que dos gigantes; siete de un cachete es mi divisa.
Tomó una cuerda y un hacha y entró en el bosque mandando a los que le acompañaban que le esperasen fuera. No tuvo que andar mucho tiempo; el unicornio apareció bien pronto y corrió hacia él para herirle.
-Poco a poco, se dijo, muy deprisa no está en regla.
Permaneció inmóvil hasta que el animal estuvo cerca de él, y entonces se deslizó muy listo detrás del tronco de un árbol. El unicornio, que se había lanzado contra él con todas sus fuerzas, hundió en el árbol su cuerno tan profundamente que le fue imposible sacarle, y así el sastre le cogió.
-El pájaro está en la jaula, se dijo el sastre, y saliendo de su escondrijo, se acercó al unicornio, le pasó la cuerda alrededor del cuello, le partió el cuerno metido en el árbol a fuerza de hachazos y, cuando hubo acabado, llevó el animal delante del rey.
Pero el rey no podía decidirse a cumplir su palabra y le impuso otra tercera condición. Se trataba de apoderarse de un jabalí que hacía grandes estragos en los bosques.

Los cazadores del rey tenían orden de ayudarle.
El sastre aceptó diciendo que esto no era más que un juego de niños. Entró solo en el bosque sin que lo notasen los cazadores, a los que el jabalí había recibido muchas veces de tal manera que no tenían ánimo de volver.
El jabalí en cuanto distinguió al sastre se precipitó hacia él, echando espuma y enseñando sus agudos colmillos, pero el ligero hombrecillo se refugió en una ermita que había allí cerca y volvió a salir enseguida, saltando por la ventana.
El jabalí entró detrás de él, pero el sastrecillo volvió en dos saltos y cerró la puerta de modo que la fiera se encontró presa, pues era demasiado pesada y grande para salvarse por el mismo camino. Después de esta hazaña llamó a los cazadores para que vieran al prisionero con sus propios ojos, y se presentó al rey, el cual se vio obligado esta vez a darle a pesar suyo su hija y la mitad de su reino. Con mucha más dificultad se hubiera decidido si hubiera sabido que su yerno no era un gran guerrero sino un infeliz sastrecillo.

La boda se celebró con mucha magnificencia y poca alegría, y así el sastre se hizo rey.
Algún tiempo después, la joven reina oyó una noche a su marido que decía soñando.
-Vamos, muchacho, concluye ese chaleco y remienda ese pantalón o si no te doy con la vara entre las orejas.
La reina comprendió entonces el sitio en que se había educado su marido y al día siguiente fue a quejarse a su padre suplicándole la librara de un marido que no era más que un miserable sastre.
Para consolarla, el rey le dijo:
-Deja tu cuarto abierto esta noche; mis criados estarán a la puerta y, en cuanto esté dormido, entrarán y  lo llevarán cargado de cadenas hasta un navío que le conducirá lejos de aquí.
La reina estaba muy contenta, pero un escudero del rey que lo había oído todo y que amaba al nuevo príncipe, fue y le avisó del complot.
-Yo lo arreglaré, le dijo el sastre.
Por la noche se acostó como de costumbre, y cuando su mujer le creyó bien dormido fue a abrir la puerta y se volvió a acostar a su lado. Pero el hombrecillo, que fingía dormir, se puso a gritar en alta voz:
-Vamos, muchacho, termina ese chaleco o te doy con la vara en las orejas. He derribado siete de un cachete, he matado a dos gigantes, cazado un unicornio y un jabalí, ¿tendré miedo de gentes que están ocultas a mi puerta?
Al oír estas últimas palabras se asustaron todos de tal modo que echaron a correr como si hubieran visto al diablo y nadie se atrevió ya a declararse contra él. De esta manera conservó la corona toda su vida.




EL DUENDE



Erase un muchacho que no pasaría de los catorce años, alto, desmadejado, de cabellos rubios como el cáñamo. El pobre no servía para maldita la cosa. Dormir y comer eran sus ocupaciones favoritas; era también muy dado a practicar juegos, en los que demostraba sus instintos perversos.

Un domingo por la mañana se disponían sus padres a marchar a la iglesia; el muchacho ,en mangas de camisa y sentado sobre un ángulo de la mesa, se regocijaba al verlos a punto de partir, pensando en que iba a ser dueño de si durante un par de horas.

“Cuando se vayan —pensaba para sus adentros— podré descolgar la escopeta de mi padre y hacer un disparo sin que nadie se meta conmigo.”

Se hubiera dicho que el padre adivinaba las intenciones del muchacho, por cuanto en el momento de salir se detuvo a la puerta y dijo:
- Ya que no quieres venir al templo conmigo y con tu madre, podrías muy bien leer en casa los sermones del domingo. ¿Me prometes hacerlo?

- Lo haré, si usted quiere —dijo, pensando, como era de suponer, que no leerla más que lo que le viniese en gana.

- Conviene que leas detenidamente, porque cuando regresemos te preguntaré página por página; ¡y ay de ti si te has saltado alguna!

- El sermón tiene catorce páginas y media —añadió la madre como para colmar la medida—. Debes comenzar en seguida si quieres tener tiempo para leerlo.

Por fin partieron. Desde la puerta vio el muchacho cómo se alejaban; se hallaba como cogido en un lazo.

- Estarán muy contentos —murmuraba— con creer que han hallado el medio de tenerme sujeto al libro durante su ausencia.

Mas el padre y la madre estaban, por el contrario, muy afligidos. Eran unos modestos terratenientes; su posesión no era más grande que el rincón de un jardín. Cuando se instalaron en ella apenas bastaba para el sustento de un cerdo y un par de gallinas. Duros para la faena, trabajadores y activos, habían logrado reunir algunas vacas y patos.

Se habían desenvuelto bien y en esta hermosa mañana hubieran partido muy contentos camino de la iglesia, de no haber pensado en su hijo.

Al padre le afligía verlo tan perezoso y falto de voluntad; no había querido aprender nada en la escuela; sólo era capaz de cuidar los patos.
Su madre no negaba que esto fuese verdad, pero lo que más la entristecía era verlo tan perverso e insensible, cruel con los animales y hostil al trato con los hombres.
—¡Dios mío, acaba con su maldad y cambia su modo de sentir — suspiraba—, porque, de lo contrario, hará su desgracia y la nuestra! El muchacho reflexionó largo rato acerca de si leería o no el sermón, y, por último, comprendió que esta vez lo mejor era obedecer a sus padres. Se arrellanó en el sillón y estuvo un rato leyendo a media voz, hasta que lo adormeció su mismo sonsonete, comenzando a dar cabezadas.

“No quiero dormirme, porque entonces no acabaría de leer en toda la mañana”, se decía.
Pero a despecho de esta resolución, acabó por dormirse.

“¿He dormido mucho tiempo, o sólo unos instantes?”, se preguntó al despertarle un ligero ruido que oyó a sus espaldas.
En el alféizar de la ventana, frente a él, descubrió un lindo espejito, en el que se reflejaba casi toda la habitación. Lo miró en uno de sus movimientos de cabeza, y quedó atónito al ver, por él, que la tapa del cofre de su madre había sido levantada. La madre poseía un gran cofre de roble, pesado y macizo, con guarniciones de herraje, que nunca dejó abrir a nadie. Allí conservaba todas las cosas que heredara de su madre y que tenía en mucha estima.

El muchacho vio por el espejo que el cofre estaba abierto. No comprendía cómo había sido esto posible, porque estaba seguro de que su madre había cerrado el cofre antes de partir: jamás lo hubiera dejado abierto quedando su hijo solo en casa.

Al punto sintió que se apoderaba de él un gran malestar. Temía que un ladrón se hubiera deslizado en la casa. No se atrevía ni a respirar: inmóvil, miraba fijamente al espejo. Se sentía atemorizado en espera de que el ladrón se presentara, cuando le extrañó ver cierta sombra negra sobre el borde del cofre.  Miraba y remiraba, sin creer lo que sus ojos veían. Poco a poco fue precisándose lo que al principio no era más que una sombra y tardó poco en darse cuenta de que la sombra era una realidad. No era ni más ni menos que un pequeño duende que, sentado a horcajadas, cabalgaba en el canto del cofre.

El muchacho había oído ciertamente hablar de los duendes; pero jamás pudo imaginar que fuesen tan pequeños. No tendría mayor altura que el ancho de la mano, sentado como se hallaba en el borde del cofre. Su cara avejentada era rugosa e imberbe y vestía larga levita con calzón corto y sombrero negro de anchas alas. Su aspecto era elegante y distinguido: llevaba blondas blancas en las mangas y en el cuello, zapatos con hebilla y ligas con grandes lazos. Del fondo del cofre había sacado un plastrón bordado y lo examinaba tan detenidamente que no pudo advertir que el muchacho se había despertado.
Este no salía de su asombro; pero, en verdad, no se asustó de tal duende; no creía del caso tener miedo de cosa tan pequeña, y comoquiera que el duende se hallaba absorto en su contemplación, hasta el punto de no ver ni oír nada, pensó el muchacho que sería muy divertido hacerle blanco de una jugarreta: meterle, por ejemplo, dentro del cofre, y echar sobre él la tapa o algo por el estilo.
Al desviar la vista dio con la escopeta de su padre que colgaba de la pared y un poco más allá las plantas que florecían ante la ventana. Por último, clavó sus ojos en una vieja manga para cazar mariposas que habla en lo alto de la ventana.
Distinguirla y cogerla fue todo uno, y enarbolándola corrió hacia el cofre; su satisfacción no tuvo límites al ver lo felizmente que había llevado a cabo su hazaña. El duende quedó preso en su red, bajo la cual yacía el pobrecito imposibilitado para trepar.

En el primer momento el muchacho no supo qué hacer de su presa. Sólo se preocupaba de agitar la manga hacia uno y otro lado para que el duende no estuviera tranquilo y evitar que trepase.

Cansado el duende de tanta danza, le habló para suplicarle que le devolviera la libertad, alegando que le había hecho bien durante muchos años y que por ello debía dispensarle mejor trato. Si le dejaba en libertad le regalaría una antigua moneda de plata, una cuchara del mismo metal y una moneda de oro tan grande como la tapa del reloj de plata de su padre.
El muchacho no encontró muy generoso el ofrecimiento; pero le tomó miedo al duende después de tenerle en su poder. Se daba cuenta de que le ocurría algo extraño y terrible, que no pertenecía a su mundo, y no deseaba otra cosa que salir de la aventura.

Así es que no tardó en acceder a la proposición del duende y levantó la manga para que pudiera salir. Pero en el momento en que su prisionero estaba a punto de recobrar la libertad se le ocurrió que debía asegurar la obtención de grandes extensiones de terreno y de todo género de cosas. Como anticipo, debía exigirle, por lo menos, que el sermón se le grabara sin esfuerzo en la cabeza.
“¡Qué tonto hubiera sido dejarle escapar!”, se dijo.

Y se puso de nuevo a agitar la manga.
Pero en este mismo instante recibió una bofetada tan formidable, que su cabeza parecía que le iba a estallar. Primero, fue a dar contra una pared, después contra la otra y, por último, rodó por los suelos, donde quedó exánime.

Cuando recobró el conocimiento estaba solo en la estancia; no quedaba ni rastro del duende. La tapa del cofre estaba cerrada; la manga pendía como de costumbre, junto a la ventana. De no sentir el dolor de la bofetada en la mejilla hubiera creído que todo era un sueño.


Se dirigía hacia la mesa haciéndose estas reflexiones cuando de repente observó algo extraño. No era posible que la casa se hubiera hecho más grande. Pero ¿cómo podía explicarse de otro modo la gran distancia que tenía que recorrer para llegar a la mesa? ¿Y qué le pasaba a la silla? A la vista era la misma; pero para sentarse debió subir hasta el primer travesaño y ascender así hasta el asiento. Lo mismo ocurriría con la mesa, cuya superficie no podía ver sino escalando el brazo del sillón.
“¿Qué significa esto? Yo creo que el duende ha encantado el sillón, la mesa y la casa toda.”

El sermonario continuaba abierto sobre la mesa y, al parecer, sin cambiar en modo alguno; pero algo extraordinario ocurría cuando para leer una sola palabra tenía que ponerse en pie sobre el mismo libro.
Después de leer algunas líneas levantó la cabeza. Sus ojos se fijaron de nuevo en el espejo y no pudo menos que exclamar en alta voz:

- ¡Otro!

En el interior del espejo veía claramente un hombrecito, muy pequeño, con su gorro puntiagudo y sus calzones de piel.
- Viste exactamente como yo —gritaba, juntado las manos con la mayor sorpresa.
Entonces, el hombrecito del espejo hizo el mismo ademán.

El muchacho se tiraba de los cabellos, se pellizcaba, se mordía, hacía piruetas, y el hombre del espejo reproducía al punto sus movimientos.
Rápidamente le dio una vuelta al espejo para ver si había alguien oculto tras él; pero no vio a nadie. Se puso entonces a temblar porque, de repente, comprendió que el duende le había encantado y que la imagen que reflejaba el espejito no era otra que la suya propia.

Se imponía hacer algo, y lo mejor para que resultara provechoso consistía en buscar al duende para ver el modo de hacer las paces con él.
Saltó a tierra y se puso a buscarlo. Miró por detrás de las sillas y los armarios, bajo la cama y en el horno. Se agachó incluso para mirar en un par de agujeros donde se metían los ratones; pero todo fue en vano.

Todas estas pesquisas iban acompañadas de llantos súplicas y promesas de todo género: nunca más faltaría a sus palabras, jamás se entregaría al mal, jamás se dormiría durante el sermón. Si volvía a recobrar su cualidad de ser humano sería el niño más obediente, el más dócil, el más solícito a todo ruego. Pero era inútil prometer; de nada le servía.

En esto recordó de pronto haber oído decir a su madre que los duendes tienen la costumbre de esconderse en el establo, y hacia allí se dirigió. Afortunadamente, la puerta de la casa había quedado abierta; por sí solo no hubiera podido alcanzar el picaporte. Y salió sin el menor tropiezo.

Sobre la vieja grada de roble que había ante la puerta saltaba un pajarillo que comenzó a piar y gritar apenas descubrió al muchacho:
- ¡Tuit-tuit! ¡Miren a Nils el guardador de patos, más pequeño que un liliputiense! ¡Miren al pequeño Pulgarcito! ¡Miren a Nils Holgersson Pulgarcito!
Los patos y las gallinas se volvieron rápidamente hacia Nils, promoviendo un alboroto con sus cloqueos y cacareos verdaderamente formidables:

- ¡Ki-ki-ri-kiY —cantó el gallo.
- ¡Bien merecido lo tiene por haberme tirado de la cresta! ¡Cra, cra, era, bien está! - contestaban las gallinas, repitiendo infinitamente la misma exclamación.

Los patos se reunieron, apretándose los unos contra los otros, alargando sus cabezas al mismo tiempo y preguntando:
- ¿Quién habrá podido hacer esto? ¿Quién lo habrá podido hacer?

Lo más maravilloso era que el muchacho podía comprender el lenguaje de estos animales. Sorprendido, permaneció un momento en la escalinata para escucharlos.
“Comprendo el lenguaje de las aves y los pájaros —se decía—, porque he sido transformado en duende.”

En el establo sólo había tres vacas, pero cuando llegó el muchacho se desencadenó tal estruendo que cualquiera hubiera creído que eran lo menos treinta.
- (Mu, mu, mu/—mugía Rosa de Mayo Es una dicha que haya justicia en este mundo: —Le haré danzar sobre mis cuernos —mugía otra. —¡Mu, mu, mu! —mugían todas a la vez, sin que el muchacho pudiera entender lo que decían, porque los mugidos de una apagaban y hacían incomprensibles los de las otras.
Intentó hablarles del duende; pero no lograba hacerse oir. Las vacas estaban en plena agitación. Las tres parecían desmandarse como cuando entraba en el establo un perro extraño. Lanzaban coces furiosas, agitaban sus rabos y movían sus cabezas, amenazando cornearle.

El muchacho hubiera querido decirles que deploraba el haber sido tan malvado con ellas, que se arrepentía para siempre y que no volvería a hacerles nada si accedían a decirle dónde estaba el duende; pero las vacas armaban tal alboroto y se agitaban tan violentamente, que tuvo miedo de que llegaran a soltarse, y juzgó que lo más prudente era salir del establo.
Ya en el corral, se sintió muy descorazonado al darse cuenta de que nadie se mostraba dispuesto a ayudarle a hallar al duende. Además, pensaba que aun el. encontrarlo no le podría servir para maldita la cosa.

Poco a poco comenzaba a darse cuenta de lo que representaba el no volver a ser un hombre y esto lo aterraba. En adelante viviría separado de todo; ya no podría jugar con los otros niños, ya no podría hacerse cargo de las propiedades de sus padres y, más ciertamente, ya  no podría encontrar a ninguna joven que quisiera ser su esposa.
Hacía un tiempo maravillosamente hermoso. Se oía el murmullo del agua en los regatos, las ramas echaban sus hojas, los pájaros piaban alegres en derredor. Sólo él yacía bajo una pena infinita y nada podría alegrarle ya.

Jamás había visto un cielo tan azul. Los pájaros emigrantes pasaban a bandadas. Volvían del extranjero; habían volado a través del Báltico hacia el cabo de Smygehuk, y ahora iban hacia el norte. Los había de diferentes especies, pero él sólo reconocía a los patos silvestres que volaban en dos grandes líneas formando un ángulo.
Habían pasado ya varias bandadas de pájaros. Volaban a gran altura y, sin embargo, percibía sus gritos:

- Volamos hacia las montañas. Volamos hacia las montañas.
Cuando los patos silvestres advirtieron desde lo alto a los patos domésticos que jugueteaban en el corral, descendieron, gritando:
- Vengan con nosotros, vengan; vamos hacia las montañas.
Los patos domésticos no podían sustraerse a levantar la cabeza y escuchar lo que se les decía; pero respondían con muy buen sentido.



- Nosotros estamos bien aquí. Nosotros estamos bien aquí.


Como ya hemos dicho, era aquél un día muy hermoso, y se percibía un airecillo tan fresco, tan ligero y sutil que invitaba a volar. A medida que pasaban nuevas bandadas los patos domésticos se sentían más inquietos. Hubo momento en que batían sus alas como dispuestos a seguir el vuelo de los patos silvestres. Pero cada vez que lo intentaban se oía la voz de un pato anciano, que les advertía:
- No hagan locuras. Esos patos tienen que sufrir los rigores del hambre y del frío.

Un pato joven, a quien la invitación de los patos silvestres le había infundido los más vivos deseos de partir, dijo:
- Si pasa otra bandada, me iré con ella. Pasó otra bandada, repitiendo lo que decían las precedentes, y el pato joven respondió:

- Esperen; voy con ustedes.
Desplegó sus alas y se elevó en el aire; pero tenía tan poca costumbre de volar que cayó desde lo alto.

Los patos parecieron comprender lo que les había dicho, y volvieron atrás lentamente para ver si el pato joven se reunía con ellos.
- ¡Esperen, esperen! —decía, intentando un nuevo esfuerzo.
El muchacho lo oyó desde el sitio en que se hallaba oculto.

- ¡Qué dolor si el pato joven llegara a escaparse! Mis padres tendrían una gran pena al volver de la iglesia —se decía.
Olvidando otra vez que era pequeño y carecía de fuerza, saltó en medio de los patos y echó sus brazos al cuello del volátil para sujetarlo.

- Tú te quedarás aquí, ¿me oyes? —gritaba.
Pero en aquel preciso momento el pato hendió los aires como si una fuerza extraña le impulsara al vuelo. No pudo detenerse ni sacudir al muchacho y se lo llevó por los aires.
La ascensión fue tan rápida que el vértigo se apoderó del chiquillo, quien pensó en desprenderse de lo que creía su presa; pero llegó tan alto que se hubiera matado al caer.

No le quedaba otro remedio que montar sobre el pato, lo que logró a costa de no poco riesgo. Tampoco le  era fácil sostenerse sobre las espaldas lisas y resbaladizas, entre las alas batientes. Tuvo que hundir sus manos en las plumas y plumones para no rodar por el espacio.

Durante mucho rato el muchacho experimentó vértigos que le impidieron darse cuenta de nada. Los patos silvestres no volaban muy alto, porque el nuevo compañero de excursión no hubiera podido resistir un aire demasiado ligero. Por esto tenían que volar con menor celeridad que de ordinario.

El muchacho tuvo, por fin, suficiente valor para lanzar una mirada hacia tierra. Quedó sorprendido al ver extendido allá abajo un lienzo parecido a un gran mantel, dividido en un sinnúmero de grandes y pequeños cuadros. “,

-Dónde podemos encontramos?”, se preguntó.

Continuó mirando, sin ver nada más que cuadros. Había unos estrechos y otros anchos; algunos eran oblicuos, pero por todas partes descubría planos, ángulos y rectas. Nada redondo, ninguna curva.

- ¿Qué es lo que será esa gran pieza de tela a cuadros?, decía para sí el muchacho, sin esperar respuesta.
Pero los patos silvestres que volaban a su alrededor le respondieron:

- Campos y prados. Campos y prados.
Entonces comprendió que la tela a cuadros era la llanura de Escania, que atravesaba al vuelo y no pudo menos que reír al contemplar todos estos cuadros, pero al oírle los patos silvestres le gritaron:

- País bueno. País bueno y fértil.
“¿Cómo te atreves tú a reír - se decía - después de la más terrible desgracia que le puede sobrevenir a un ser humano? ”

Permaneció grave un momento, pero no tardó en sentirse alegre y reír de nuevo.
Se iba acostumbrando a este modo de viajar y a la velocidad, sin pensar en otra cosa que en mantenerse sobre las espaldas del pato; comenzaba a observar las innumerables bandadas de pájaros que poblaban el espacio, todos en marcha hacia el norte, escuchando los gritos y llamamientos que se dirigían unos a otros.

Cuando los patos silvestres encontraban patos domésticos es cuando mejor lo pasaban. Deteniendo mucho su vuelo, gritaban:
- Vamos camino de las montañas. ¿Quieren venir? ¿Quieren venir?

Pero los patos domésticos respondían:

- Todavía es invierno en el país. Han venido demasiado pronto. ¡Vuelvan, vuelvan! Los patos silvestres descendían muy bajo para dejarse oír mejor, y gritaban:
- Vengan y les enseñaremos a volar y a nadar.

 Los patos domésticos, irritados, ni se dignaban responder.
Los patos silvestres descendían más aún, hasta tocar el suelo, y después se remontaban como flechas, asustados.

- ¡Ea, ea, ea! - gritaban -.No eran patos; eran corderos, eran corderos.

Entonces los patos domésticos respondían furiosos:
 - Debieran cazarlos y batirlos a perdigonadas a todos, a todos.

Y escuchando estas gracias reía el muchacho. Después lloraba al asaltarle la idea de su desgracia, para reír de nuevo un poco más tarde. Nunca había viajado con la vertiginosa rapidez de entonces; siempre había tenido la ilusión de montar a caballo para correr, correr de manera desenfrenada; pero jamás imaginó, naturalmente, que el aire fuese allá en lo alto de tan deliciosa frescura ni que se aspiraran tan olorosas fragancias, emanadas de la tierra humedecida y de los pinares resinosos. Esto era como volar por encima de las penas. 
*****

Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y a los peces. Los peces, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río, los peces estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola. Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de plátanos, y fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de peces en todo el cuerpo, y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los peces les gritaban haciéndoles burla. 


Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgada, como un farolito, una luciérnaga que se balanceaba. Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas llevaban una pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás. Y las más espléndidas de todas eran las víboras de que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, y negras, y bailaban como serpentinas Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en la punta de la cola, todos los invitados aplaudían como locos. Sólo los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, sólo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca inteligencia, no habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral.

Cada vez que una víbora pasaba por delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentinas, los flamencos se morían de envidia. Un flamenco dijo entonces: —Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias coloradas, blancas y negras, y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros. Y levantando todos juntos el vuelo, cruzaron el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo. —¡Tan-tan! —pegaron con las patas. —¿Quién es? —respondió el almacenero. —Somos los flamencos. ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras? —No, no hay —contestó el almacenero—. ¿Están locos? En ninguna parte van a encontrar medias así. Los flamencos fueron entonces a otro almacén. —¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras? El almacenero contestó: —¿Cómo dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No hay medias así en ninguna parte. Ustedes están locos. ¿quiénes son? —Somos los flamencos— respondieron ellos .

Y el hombre dijo: —Entonces son con seguridad flamencos locos. Fueron a otro almacén. —¡Tan-tan! ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras? El almacenero gritó : —¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y negras ? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias así. ¡Váyanse en seguida! Y el hombre los echó con la escoba. Los flamencos recorrieron así todos los almacenes, y de todas partes los echaban por locos. Entonces un tatú, que había ido a tomar agua al río se quiso burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo: —¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan . No van a encontrar medias así en ningún almacén . Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras.

Los flamencos le dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron : —¡Buenas noches, lechuza! Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras, y si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros. —¡Con mucho gusto! —respondió la lechuza—. Esperen un segundo, y vuelvo en seguida. Y echando a volar, dejó solos a los flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino cueros de víboras de coral, lindísimos cueros. recién sacados a las víboras que la lechuza había cazado. —Aquí están las medias —les dijo la lechuza—. No se preocupen de nada, sino de una sola cosa: bailen toda la noche, bailen sin parar un momento, bailen de costado, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de bailar van entonces a llorar.

Pero los flamencos, como son tan tontos, no comprendían bien qué gran peligro había para ellos en eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de las víboras como medias, metiendo las patas dentro de los cueros, que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile. Cuando vieron a tos flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras querían bailar con ellos únicamente, y como los flamencos no dejaban un Instante de mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas preciosas medias. Pero poco a poco, sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando al lado de ellas, se agachaban hasta el suelo para ver bien. Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las medias, y se agachaban también tratando de tocar con la lengua las patas de los flamencos, porque la lengua de la víbora es como la mano de las personas.

Pero los flamencos bailaban y bailaban sin cesar, aunque estaban cansadísimos y ya no podían más. Las víboras de coral, que conocieron esto, pidieron en seguida a las ranas sus farolitos, que eran bichitos de luz, y esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran de cansados. Efectivamente, un minuto después, un flamenco, que ya no podía más, tropezó con un yacaré, se tambaleó y cayó de costado. En seguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos y alumbraron bien las patas de! flamenco.

Y vieron qué eran aquellas medias, y lanzaron un silbido que se oyó desde la otra orilla del Paraná. —¡No son medias!— gritaron las víboras—. ¡ Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son de víboras de coral Al oír esto, los flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola pata. Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscones las medias.

Les arrancaron las medias a pedazos, enfurecidas y les mordían también las patas, para que murieran. Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado para otro sin que las víboras de coral se desenroscaran de sus patas, Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de medias, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose las gasas de sus trajes de baile. Además, las víboras de coral estaban seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de las víboras de coral que los habían mordido eran venenosas. Pero los flamencos no murieron. Corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor y sus patas, que eran blancas, estaban entonces coloradas por el veneno de las víboras. Pasaron días y días, y siempre sentían terrible ardor en las patas, y las tenían siempre de color de sangre, porque estaban envenenadas.

Hace de esto muchísimo tiempo. Y ahora todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas metidas en el agua, tratando de calmar el ardor que sienten en ellas. A veces se apartan de la orilla, y dan unos pasos por tierra, para ver cómo se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven en seguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor que sienten es tan grande, que encogen una pata y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla. Esta es la historia de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen coloradas. Todos los peces saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse, comiéndose a cuanto pececito se acerca demasiado a burlarse de ellos.

*****





En el umbral de mis recuerdos de infancia, guardián y fiel hasta más allá de la vida, está Tilo, mi fiel perro. Con sus orejas puntiagudas, el negro hocico, el pelaje amarillo, las cortas patas, la festiva cola, tan vivo está a través de los años, que un ladrido que se pareciese al suyo, unos ojuelos como los suyos, los distinguiría ahora mismo entre mil. No sé como llegó a mi casa. Alguien debió de dármelo pequeñito.

Lo veo ya andando a mi lado, con sus saltos, su mirada llena de amistad, su sombra menuda siempre confundiéndose con la mía un poco más grande. Goloso como un niño, me enseñó a ser dadivosa a fuerza de quererlo. La incorregible "manoabierta" de hoy hizo con él su aprendizaje de generosidad. La mitad de mis provisiones dulces era para Tilo. A veces él, sin conciencia de su glotonería, miraba de un modo tan lleno de codicia mi último pedazo de bizcocho, o el postrer terrón de azúcar que tenía en la mano, que dejaba yo de comerlo para dárselo, lo que no era obstáculo para que, más de una vez, luego que se lo hubiera comido, si mi apetito no estaba satisfecho, las lágrimas se me agolparan en los ojos y un tirón de la cola del pobrecillo fuera el corolario de mi magnanimidad.
Tilo! Imitando a mi madre, yo solía decirle "mi ángel", "mi tesoro","preciosidad", "encanto", y llegó a familiarizarse de tal modo con esos nombres de ternura, que a cualquiera de ellos respondía como al suyo propio. Cuando empecé a ir al colegio, me acompañaba hasta la puerta llevando en la boca mi canasta con la merienda y la pizarra. Todos los chiquilines del pueblo lo conocían y me lo codiciaban. A la salida de clase era un tumulto en torno suyo:

- Tilo, serví en dos patas, Tilo.

- Chúmbale, chumba...a...lée a Mariquita, Tilo.

El grito de miedo gozoso de la niña:

- Ay, a mí, no, Tilito, a mí no!

Y la voz de la maestra vigilante:

- Niños, quietos. Susana, márchate ya con Tilo...

Ese cuzco...!

(Cómo está todo esto en mi corazón, Dios mío!).

El ladraba, corría con la lengua fuera, tras unos y otros, alegre como de elástico, pero siempre atento a mis pasos y a la orden de recoger la canasta, que ponía fin a sus correrías. Después que la tomaba en la boca, sólo con la cola parecía haber descubierto el movimiento continuo, seguía respondiendo a los gritos joviales y a las solicitudes interminables. Marchaba entonces a mi lado, sobre sus cortas patas, con una obediencia de buen servidor que cumple honradamente su tarea.

 LA HIGUERA
de
 JUANA IBARBOUROU - JUANA DE AMÉRICA




*****


Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día:

–Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hace mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien.

El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien.

Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutos. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia.

Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había también agarrado vivas muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de kerosene.

El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él.

Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto.

–Ahora –se dijo el hombre–, voy a comer tortuga, que es una carne muy rica.

Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne.

A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre.

La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse.

El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo.

La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre, y le dolía todo el cuerpo.

Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió entonces que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre.

–Voy a morir –dijo el hombre–. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quien me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed.

Y al poco rato la fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento.

Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces:

–El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo le voy a curar a él ahora.

Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.

Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas.

El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta:

–Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí.

Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo:

–Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires.

Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió entonces que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre.

–Voy a morir –dijo el hombre–. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quien me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed.

 Y al poco rato la fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento.

Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces:
–El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo le voy a curar a él ahora.

Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.

Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas.

El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta:

–Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí.

Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo:

–Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires.

Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje.


      La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima.

Después de ocho o diez horas de caminar, se detenía, deshacía los nudos, y acostaba al hombre con mucho cuidado, en un lugar donde hubiera pasto bien seco.

Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir.


A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua!, a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber.


Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces se quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta:


–Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo, en el monte.


Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino.


Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada.

Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella.

Y sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje.


Pero un ratón de la ciudad –posiblemente el ratoncito Pérez– encontró a los dos viajeros moribundos.
                                                                    
–¡Qué tortuga! –dijo el ratón–. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña?

–No –le respondió con tristeza la tortuga–. Es un hombre.

–¿Y adónde vas con ese hombre? –añadió el curioso ratón.

–Voy… voy… Quería ir a Buenos Aires –respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía–. Pero vamos a morir aquí, porque nunca llegaré…


–¡Ah, zonza, zonza! –dijo riendo el ratoncito–. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allá, es Buenos Aires.

Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa, porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha.

Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó enseguida.

Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios, no quiso separarse más de ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija.




*****



Cuentan que todos los animales que están en el mundo entraron por las tres puertas que había en un principio. Por una puerta pasaron los que andan por el agua; por otra, los que vuelan, y por otra, los que viven en la tierra.
Por esta última puerta pasaron, antes que todos, el elefante, el león, el tigre y el oso y la cerraron, para que nadie se colara sin permiso.

Uno de ellos, por turno, era portero. Y los otros animales que iban llegando tenían que explicar qué servicios le darían al mundo. Si no servían para nada, no los dejaban entrar.

Aceptaron enseguida al mono, porque sería ser portero. Y también entraron muchos otros animales, después de explicar cada uno que sabía hacer.

Los más chiquitos, como el piojo, la pulga y el mosquito se colaron en este mundo de contrabando, escondidos en el pelaje de animales más grandes
.
Cuando ya fueron muchos, buscaron un lugar donde reunirse a conversar y eligieron el Bosque Azul.

Allí discutían todos los temas que les interesaban, y lo que decidían era ley para todos.

Un día llegó a la puerta de los animales terrestres uno que tenía cuatro patas escamosas, una cola larga con plumas blancas y negras, pico chato y ojos grandes. En la barriga tenia plumas y en el lomo un caparazón.


Este animal tan raro golpeó la puerta y esperó que le abrieran.

El elefante preguntó: – ¿Tu nombre?

– Muliñandupelicascaripluma.

 – ¿Cómo? No entiendo. Escríbelo, por favor.

–No sé escribir. –Ah… ¿y quieres entrar en el mundo?

–Para eso vine.

 – ¿Sabes que aquí todos trabajan y que es necesario servir de alguna forma?

 –Si tú lo dices, así será.

–Veo que no tienes trompa. ¿Cómo haces para comer?

–Como puedo.

– ¿Y qué es lo que comes?

–Lo que venga.

El elefante consideró que el caso era demasiado complicado y llamó al león, al que todos habían elegido presidente de la asamblea de los animales.

El león preguntó: – ¿Qué servicios nos prestarás?

–Los que me toquen.

Al león también le pareció complicado el asunto, así que llamó al mono, quien ya había conseguido que el león lo nombrara su secretario para las reuniones en el Bosque Azul.

Vino el mono, miró a ese bicho tan raro y le preguntó: 

– ¿Comes bananas?

 –Si es algo bueno…

– ¿Te gustan los cocos?
– Dame uno para probarlos.

– ¿Sabes abrirlos?

–Dámelos abiertos.

– ¡Este quiere engañarnos! –exclamó el mono.

El león rugió y el extraño animal que quería entrar dijo, asustado:

–Los servicios que prestaré serán muy grandes. Para alimentarme libraré al mundo del animal más inútil.

–Por ahí deberías haber empezado –dijo el león–. Vamos a estudiar tu caso. Quédate afuera y espera nuestra decisión.

A la noche, los animales se reunieron en el Bosque Azul.

El mono se puso los lentes y leyó:

 –Vamos hablar del Muli…. ñandú… peli… cascari… pluma.

En seguida se oyeron risa y silbidos.

Pidió la palabra el tigre y dijo:

–Yo no puedo creer que exista un animal con semejante nombre. Me parece que se burla de nosotros.

 – ¡Silencio! –rugió el león–. Que el secretario vuelva a leer el nombre del candidato.

Así lo hizo el mono y esta vez nadie se atrevió a chistar.

El hipopótamo pidió entonces la palabra y dijo:

–Propongo que se acorte ese nombre.

–Yo le sacaría eso de “pluma” –opinó el lobo–. No sirve más que para confundir.

–Yo pido que se le saque lo de “cáscara” –dijo el zorro.

–Y yo, “dupeli” –agregó el tigre.

Entonces dijo el león:

–Que el secretario lea el nombre final.

Y leyó el mono:

–Muliñán.

–Suena bien –dijo el hipopótamo–. Mu-li-ñan…Mu-li-ñan 

Ahora –continuó el león– hay que resolver si se le permite o no la entrada. Él asegura librará al mundo del animal más inútil, pues se alimentará de él.

–Pido la palabra –intervino el búho–. Para entrar en el mundo todos demostramos nuestra utilidad. El Muliñán tiene que explicarse. ¡Aquí todos servimos para algo!

–Puede haber habido algún error –observó el cóndor–. El señor búho, por ejemplo, todavía no se sabe para qué sirve.

–Sirvo –respondió el búho– para comer muchos bicharracos que hacen daño. Yo no ataco, como algunos, a las aves más hermosas y más buenas.

–Pido la palabra –rebuznó el burro – Propongo que se lo destine a reemplazarnos en nuestros trabajos. ¿Por qué tenemos que cargar cosas pesadas?...

–Quisiera saber –preguntó la martineta– cuáles serían entonces los servicios que prestaría el burro.

–Me dedicaría a la música. Creo que mis rebuznos son una prueba de talento para el arte.

El león pidió silencio, y le dio la palabra al oso hormiguero, que dijo:

– ¡Dejemos al burro y sus rebuznos y pensemos en el Muliñán!

El león concedió la palabra al elefante, que dijo:

–Voto por dejar entrar al Muliñán. Propongo que se dedique a perseguir y comer a los ratones.

– ¡Qué disparate! –dijo el búho–. El elefante olvida que ya existimos los encargados de comernos a los ratones.


–Propongo –dijo el lobo– que nos vayamos a dormir y que, con más calma, mañana por la noche terminemos de considerar esta cuestión.

A la noche siguiente, al empezar la asamblea, el tigre exclamó:

– ¡Señor presidente! La asamblea se ha reunido nada más que para 
resolver si entra o no el Muliñán.

– ¡Señor presidente! –añadió el leopardo con tono llorón–. ¡Me preocupa la situación de ese animal que quiere entrar! Hablamos y hablamos sin resolver nada. ¡Se va a morir de hambre!

Y la pantera lloraba a lágrimas viva, mientras decía:

– ¡Pobrecito Muliñán!… ¡Esperando tanto tiempo!... ¡Y no se decide nada!

El benteveo pidió la palabra:

–Estoy conforme con que el Muliñán entre y se alimente de lo más inútil del mundo.

–Yo creo que lo más inútil es lo más feo, y lo más feo es el murciélago.

–El murciélago, señores –mugió el búfalo– es un animal muy útil. Durante las noches, caza sin descanso una cantidad de bichitos odiosos que luego molestan durante el día. Yo propongo que el Muliñán se alimente de tábanos.

–Si seguimos así –interrumpió el zorro–, nunca llegaremos a una solución.

El búfalo no ha calculado los millares de tábanos diarios que necesitaría el Muliñán para alimentarse.

El elefante se acercó al presidente y le habló al oído. Cuando se retiró, el león dijo:

–El elefante ha venido a anunciarme que Muliñán nos pide una respuesta.

Hubo un instante de silencio, y luego una batahola de bufidos, cacareos y silbidos.

–Pido la palabra –gritó el pavo–. ¡Nuestra situación es intolerable, nos rellenan y nos comen! ¡Propongo que el Muliñán sirva para eso: que lo engorden, y lo metan en el horno y se lo coman en Navidad!

Sus palabras provocaron fuertes carcajadas.

La nutria opinó:

–Nunca oí una pavada más grande que la que acaba de decir el pavo. ¡Hasta el lirón se ha despertado con tanta risa!

La comadreja pidió la palabra y dijo:

 –Propongo que aceptemos al Muliñán, con la condición de que coma lo más inútil, que son las víboras y las serpientes.

– ¡Qué disparate! –exclamó la perdiz–. Víboras y serpientes se alimentan de ratas y ratones que devoran las cosechas.

–Los más inútiles –señaló el cóndor– son los buitres y los caranchos, esas desagradables aves de rapiña.

– ¡Apoyado! –exclamó el águila.

–Sin embargo –replicó el ciervo–, limpian el campo al alimentarse de los animales muertos.

– ¡Los inútiles son ellos! –afirmó el carancho, mirando al cóndor y al águila con desprecio.

–Los inútiles –chilló la ardilla– son los peces. Imposible comerlos… ¡No sirven para nada!
– ¡Y que sabes tú sobre peces! –le contestó la gaviota.

– ¡Señores –dijo el lobo–, no perdamos tanto tiempo. Lo único inútil es lo que está debajo de la tierra.
– ¡Que el Muliñán se alimente de lombrices!

– ¡Que salga la lombriz! ¡Que hable y se defienda! –ordenó el león.

–Ante la sorpresa de todos, la humilde lombriz se asomó a la superficie de la tierra y dijo:

– ¿Ustedes dicen que yo no sirvo para nada? Si estoy aquí es porque soy necesaria, quizá más que ningún otro de los animales.

 Las risas, cacareos, chillidos y rebuznos obligaron a la lombriz a suspender su discurso.

Cuando se callaron continuó:

–Debería darles vergüenza: ¡Todos ustedes viven gracias a nosotras!

–Vamos, vamos –replicó el lobo–. ¡Hay que hablar claro!

– ¡Silencio! –rugió el león.

Todos callaron y la lombriz continuó:

–Si la tierra no está en buenas condiciones, no pueden existir los vegetales, y tampoco los animales. ¿Y quiénes son las encargadas de trabajar la tierra para que sea fértil? Somos nosotras las que renovamos la tierra trabajando día y noche. Excavamos, ventilamos y purificamos. Sin nosotras, el suelo sería reseco y duro. Por eso somos tan numerosas, para que en la tierra exista vida.

–Recibimos una lección de quien está tan abajo, tan abajo que ni sabía yo que existía –dijo el cóndor.

– ¡Con todo mi poder, yo sería incapaz de realizar la tarea de la lombriz! – exclamó el león.

– ¡Un aplauso, señores, por estas palabras! Los más pequeños también somos importantes –zumbó el mosquito.

 – ¡Alto ahí! –gritó el mono secretario–. Ése no tiene derecho a opinar. ¡Es de los que se colaron!

 Pero el mosquito, al oír las primeras palabras del mono, ya se había escapado.

–¡Lo que dijo la lombriz –añadió el cascarudo– debe servir para que se nos tenga más consideración a los humildes y no seamos pisoteados por los grandes.

–Ya ven –agregó la golondrina– que todos los seres son de alguna utilidad. Los mosquitos se colaron en el mundo, pero nosotras nos alimentamos de ellos durante el día y los murciélagos los comen de noche.

–Es muy útil que alguien se coma los mosquitos y los tábanos –dijo la cebra.

–Este desorden es intolerable –exclamó el tigre.

– ¡Señores! Lo mejor será que votemos por sí o por no. ¡Que el secretario junte los votos! –decidió el león.

Así lo hizo el mono secretario, pero era tan grande la batahola, que era imposible saber qué opinaba la mayoría. Algunos, muy astutos, habían votado dos veces. Otros, como los murciélagos, hacían ruidos que nadie entendía. Ante la confusión, el león resolvió darle tiempo al Muliñán para que pensara en qué podría ser útil y de qué se alimentaría.


Dicen que, cada tanto, los animales vuelven a reunirse en el Bosque Azul. Pero todavía no pudieron tomar una decisión sobre el Muliñán. Por eso, ese raro animal aún no ha entrado en el mundo. 





Enlaces/Links

Vida y Obra de Constancio Vigil: 
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